Viernes 16 de enero de 2009. Son cerca de las 7:30 de la mañana y cuesta mucho trabajo reunir los ánimos suficientes como para aventurarse a salir a las gélidas calles de Chicago. Pero bueno, no queda otra, hay que salir a chambear nomás. La estación meteorológica de TV había pronosticado temperaturas “brutales,” y casi “exigía” sumo cuidado a la hora de salir. A mi me gusta más llamarlas “temperaturas extremas” (brutales son las actividades humanas que están causando el peligroso y muchas veces ignorado cambio climático).

Cambiando costumbres
El ser humano tiende a menospreciar e incluso a satanizar los fenómenos que le son inconvenientes. Por ejemplo, nos quejamos de la tan necesitada lluvia por el simple hecho que nos moja. Nos referimos a menudo a que “el cielo se está limpiando” (¡como si estuviera sucio! aunque la precipitación ácida pueda dar algo de razón a esta expresión) en vez de decir está despejando, o por lo menos “clareando.” Nos referimos siempre a “climas inclementes” cuando somos nosotros los auténticos inclementes que con actividades nocivas promovemos el cambio de clima en la tierra (para citar un ejemplo, los huracanes son una especie de medio natural que se produce en la tierra para aliviar en algo el calentamiento global; mientras más calentemos el planeta más huracanes habrá).
Regresando al frío de Chicago, para salir en condiciones tan extremas, especialmente si uno se va a trabajar en bicicleta, es preciso vestirse de manera adecuada: Varias capas de ropa térmica, desde delgadas pero tupidas prendas de ropa interior de invierno, hasta una buena casaca (ese inolvidable 16 de enero tuve que usar una casaca que me regalaron cuando visité la Antártida hace más de diez años). En medio, dos capas térmicas delgadas adicionales y una casaca de Polartec. Encima de la pantaloneta de ciclismo, un buzo térmico y un pantalón impermeable-cortaviento. Para las manos un par de guantes polares cubiertos por mitones para temperaturas mínimas, los cuales dificultan un poco el accionamiento de los cambios y frenos (hay unos especiales para ciclismo de invierno que se parecen un poco a las patas de Condorito pero cuestan casi 100 dólares el par, así que opté por adquirir los mitones convencionales). Tres pares de medias-primero uno delgado, luego uno de neoprene y al final uno de tela polar-cubren los pies (aun así los dedos llegan entumecidos en los días más fríos). Una máscara especial con un agujero para la nariz y otros más pequeños para la boca para poder respirar nos da un poco la apariencia de Hannibal Lecter; y finalmente el infaltable gorro bajo el indispensable casco. En síntesis, solo quedan expuestos los ojos. Vestirse demora como 15 minutos entonces hay que calcular bien para llegar a tiempo.
Comienza la aventura. Además de la hora, el letrero electrónico de un banco local informa-como sacando cachita-”-17°F” (lo cual equivale a -27°C). La gente que recorre las calles-en especial aquellos bien calientitos al volante de sus carros-te mira como a bicho raro (¡si supieran que se trata de un peruano que está acostumbrado a trabajar en la selva tropical a temperaturas que apuntan al otro extremo del termómetro!). Igual tendría que caminar unos 15 minutos en total, entre la ida de mi casa al paradero del tren y el tramo del tren al campus del Museo, entonces si de todos modos me voy a morir de frío caminando, prefiero hacerlo en bicicleta nomás.
“Masa crítica”
La ciudad de Chicago ha acondicionado una extraordinaria ciclovía que recorre la ciudad de norte a sur por unos 40 kilómetros bordeando al enorme lago Michigan. De mi casa al Field Museum son unos 13 kilómetros. Ya sea con el frío extremo o el calor insoportable de más de 35°C del verano, uno se vuelve adicto a sus cerca de 40 minutos de bicicleta (hora y veinte en total ida y vuelta). A parte del ejercicio uno contribuye con el medio ambiente, ya que los ciclistas evitamos el uso de combustible fósil que conlleva a la liberación de toneladas de gases invernadero que ocasionan el calentamiento global. También, uno ahorra en gasolina y, en mi caso, en pasajes-los cuales están cada vez más caros, especialmente durante estos tiempos de recesión aquí en los Estados Unidos-ya que viviendo en medio de una ciudad como Chicago, uno puede prescindir del carro (en serio), porque además de las diferentes ciclovías que recorren toda la ciudad, el sistema de transporte público es bastante eficiente y, sobretodo, confiable.
Por supuesto muchos conductores respetan a los ciclistas, pero dado que la metrópolis es tan grande ya han ocurrido varios accidentes, algunos fatales, lo que ha dado pie a una inmensa protesta de ciclistas por todo Chicago la cual llaman “Critical Mass.” Aunque no se trata de una protesta directa contra los accidentes, se sabe que la masiva bicicleteada que se hace los últimos viernes de cada mes es una clara señal de desaprobación contra el uso excesivo (y exagerado) de vehículos, grandes y consabidos co-culpables del cambio climático (http://chicagocriticalmass.org). Cientos de ciclistas, ejerciendo su absoluto derecho constitucional, toman las calles del centro de la ciudad de Chicago. El evento recuerda a los pobladores, en especial a los motorizados, que las calles también pertenecen a los peatones, ciclistas, corredores, etc. Tomar parte de semejante experiencia es algo inolvidable. Esta suerte de demanda masiva no se hace solo en Chicago sino en otras 300 ciudades del planeta, incluyendo Nueva York, San Francisco, Paris, Londres, Berlín, Praga, Sidney, Sao Paulo, etc. La verdad es que no me imagino algo así en Lima, teniendo en cuenta la prepotencia e imprudencia de los conductores de los miles de micros, combis y ticos, los que literalmente han invadido y sembrado el caos por toda la ciudad.
Nostalgia de invierno
Por más que el largo invierno de Chicago se prolonga desde noviembre hasta abril, tiene cierta magia cletear junto al lago durante esta estación. Pensar que mi aventura de ciclismo en invierno se originó de una apuesta que hice hace algunos años con un estudiante cuando enseñaba ciencias medioambientales en la escuela Noble aquí en Chicago. Mi alumno me apostó que yo no iba a ser capaz de ir montando bicicleta al colegio en invierno. Por supuesto gané la apuesta, y mi alumno tuvo que hacerse cargo del programa de reciclaje del colegio (si yo hubiese perdido hubiera tenido que comprarle una pizza).
A veces cae una nevada de más de seis pulgadas sobre la región, y en menos de tres horas ya despejaron la ciclovía. Eso demuestra la conciencia que tienen aquí para facilitar el uso de la bicicleta como medio de transporte, así seamos apenas un puñado de locos los que nos transportamos en dos ruedas bajo cero, entre ellos mis colegas Corine Vriesendorp y Nathan Strait, autor de la foto que abre este artículo. Justamente el año pasado mientras me encontraba camino al Museo, también durante uno de los días más fríos, divisé la silueta de otro ciclista que estaba tomando fotos del amanecer sobre el lago nevado. Cuando me percaté de que se trataba de Nathan, osé invadir el campo visual de su pequeña cámara digital ya que consideré que se trataba de una oportunidad ideal para contar con algún tipo de evidencia gráfica para un futuro artículo (éste).
Cuando la nevada acaba de caer, no queda otra que pedalear con fuerza, algo así como pedalear en la arena pero con menos esfuerzo ¡aunque igual cansa! Una vez durante una intensa nevada me demoré como una hora y diez minutos en llegar al Museo, como media hora más de lo normal. Llegué exhausto. A veces la textura de la nieve que cae es suave, y ahí no hay tanto problema, pero a veces precipita en forma de hielitos minúsculos y puntiagudos, los cuales se sienten algo así como una “acupuntura en los ojos” por lo que he optado por añadir a mi disfraz de robot unas gafas para esquiar, las cuales por suerte conseguí en oferta gracias a que el invierno no está lejos de llegar a su fin.
Durante el verano la ciclovía es prácticamente “invadida” por numerosos corredores, caminantes (algunos de ellos paseando a sus perros), patinadores y por supuesto cientos de ciclistas. Aunque admiro el espíritu de la gente de disfrutar del aire libre durante los meses de verano-lo cual se entiende perfectamente considerando el crudo invierno-se hace muy difícil pedalear libre- y velozmente. Sé que puedo pecar de egoísta, pero aunque parezca increíble en medio de la congestión veraniega en la ciclovía no puedo evitar remembrar con nostalgia la tranquilidad de las solitarias jornadas invernales en bicicleta.
¿Sales o no sales?
La manera como la ciudad de Chicago derrite la nieve y el hielo es esparciendo toneladas de sales por todas las pistas, veredas y también en la ciclovía. Tengo que aceptar que por un lado resulta conveniente para poder trasladarse, ya que la ciudad se paralizaría si la gente no tuviese cómo acudir a sus centros de trabajo y/o de estudio. El problema es que muchas de esas toneladas de sal van a parar al lago Michigan y a los ríos Chicago y Des Plaines, los principales de la ciudad. Se utilizan distintos tipos de sales como sulfato de amonio, acetato de potasio, cloruro de sodio, urea, todas corrosivas y dañinas para la vegetación y la calidad del agua (estos químicos dañan también el concreto y por supuesto los componentes de la bicicleta!). El lago Michigan, el segundo más grande de los cinco Grandes Lagos de Norteamérica después del lago Superior, tiene una extensión de poco más de 58,000 km². Este lago es siete veces más grande que el lago Titicaca, y baña las costas de cuatro estados: Wisconsin, Illinois, Indiana y Michigan. No se conoce a ciencia cierta cuánta sal tendría que llegar al lago para causar grados alarmantes de contaminación.
Un problema que siempre advertí y alerté a los pobladores locales cuando trabajé en las diferentes comunidades en la selva, es el abuso de fertilizantes, especialmente aquellos ricos en nitrógeno. Es sabido que el uso desmedido de nutrientes en especial de nitrógeno causa un fenómeno llamado eutrofización o eutrificación. El agua, al saturarse de nutrientes, promueve la proliferación de algas la cual inhibe el crecimiento normal de otros organismos naturales que alimentan a peces y que a la postre alimentan al ser humano. En otras palabras el exceso de nitrógeno que va a parar al agua promueve “la muerte lenta” de los ríos y lagos. Inclusive hay muchas fábricas de fertilizantes que para vender más, inescrupulosamente recomiendan el doble de las cantidades necesarias de fertilizantes. ¡Todo un crimen! Bueno, lamentablemente en Chicago y otras ciudades donde el frío es extremo, se están haciendo cada vez más estudios para evitar la corrosión del concreto y metal de los carros en vez de hacer mayores estudios para inventar un producto que derrita la nieve, que sea económico y que a la vez no contamine el agua. Todo un reto.
Hielo negro
Cuando la temperatura se eleva momentáneamente por encima de los cero grados centígrados, se derrite parcialmente la nieve. Luego vuelve a bajar abruptamente la temperatura con lo que se congelan los charcos, formándose el infame “black ice” o hielo negro, que al ser del mismo color oscuro del pavimento no se nota. A veces uno entra “planchado” a una curva y en cuestión de décimas de segundo termina “oreja al piso.” Durante el invierno del año pasado aterricé de rodilla por culpa de una de esas trampas de hielo negro lo cual me mantuvo inactivo durante dos semanas. El mejor remedio para recuperarme: seguir montando bicicleta. Ahora cuando hay demasiado hielo tengo que usar unas rodilleras de “downhill” para evitar mayores lesiones, un aditamento más para el ya bastante pesado traje de Robocop. El frío es intenso, el viento que sopla con fuerza del norte no deja avanzar, las sales dañan la bicicleta, los cambios casi no responden, la cadena se atraca. ¿Cómo es posible seguir con la adicción a la bicicleta? Creo que la respuesta está en la dosis diaria de aire puro, en la necesidad de estar al aire libre, así sea en invierno y en plena ciudad, pero sobretodo en la necesidad imperiosa de ser responsable con el medio ambiente, especialmente en estos tiempos.
Muchos países, en especial en el sudeste asiático utilizan la bicicleta como medio principal de transporte. Aunque es algo utópico pretender que algún día llegaremos a lograr algo así en el Perú, los soñadores justamente tenemos derecho a eso, a soñar, pero también a pensar en serio en el momento en que el combustible fósil se acabe (esperemos que antes que éste haya acabado con el planeta), y aunque cada vez se está utilizando más la energía renovable como los paneles solares o molinos de viento, no es de locos pretender que el ser humano pueda generar a gran escala su propia energía e impulsarse a sí mismo para contribuir con el cuidado ambiental de su hogar: el planeta Tierra.