9. Las misteriosas collpas de mamíferos, publicado el 16 de julio de 2008

Septiembre 19, 2008 por bloghabitat

En la última entrega de Hábitat, escribí acerca de la famosa collpa de guacamayos del río Tambopata. Como mencioné al final del artículo no sólo los loros y guacamayos comen arcilla, ya que una gran variedad de fauna frecuenta las collpas. “Ccollpa” es una palabra quechua que significa arcilla. La collpa es rica en sales y minerales que complementan la dieta de muchas aves (especialmente loros y guacamayos) y también de muchas especies de mamíferos. Se dice que las sales de la collpa ayudan también a contrarrestar ciertas sustancias tóxicas que contienen algunos frutos inmaduros que consumen aves y mamíferos, algo así como un antiácido natural. Precisamente en este artículo nos referiremos a las enigmáticas collpas de mamíferos.

Cuando regresaba al Tambopata Research Center (TRC) a trabajar con el Proyecto de Guacamayos, allá a principios de los noventa, le pregunté en una ocasión a mi amigo Eseeja Agustín Mishaja (el mismo del documental “Candamo”) cuánto faltaba para llegar (en ese entonces me era difícil recordar los numerosos meandros del río). Recibí un lacónico y despreocupado “Unas vueltas más” como respuesta. Cada “vuelta” demora a veces más de media hora, por lo cual me acomodé en el duro y remojado asiento de la canoa para seguir admirando el paisaje.

Mientras disfrutaba de la tibia y húmeda brisa amazónica, observaba la inconfundible silueta de una pareja de guacamayos que pasaba volando, cuando de pronto Agustín me dijo casi sin inmutarse: “Mira la maquisapa collpeando, ya estamos cerquita”. En efecto, aproximadamente a una hora de TRC se encuentra una pequeña collpa de monos maquisapa (Ateles paniscus). Di un sobresalto en el asiento sin salir de mi sorpresa y dirigí mis binoculares hacia la pared colorada donde había cinco maquisapas comiendo arcilla. Agustín, hábil motorista y conocedor de esas remotas selvas, bajó la velocidad del motor, lo que hizo que los cautelosos monos subieran con más curiosidad que susto a las copas de los árboles encima del acantilado. Me puse a pensar en lo indispensable que es la arcilla para la subsistencia de tantas especies. Unos años más tarde, decidimos hacer una expedición en búsqueda de algunas collpas de mamíferos que Agustín conocía.

Acampando en el paraíso
Empacamos las carpas, mosquiteros y todos los fideos y latas de atún que pudimos, y zarpamos río arriba el Tambopata con rumbo sur. Ya que íbamos en peque-peque-una motobomba de 16 caballos de fuerza adaptada para la navegación de los ríos “panditos” (bajos) con una larga cola-timón y una pequeña hélice-avanzábamos con lentitud. Luego de unas cuantas horas “cocinándonos” con el intenso sol de la selva, sobreparamos el bote al ver las ramas de los árboles sacudiéndose. Una numerosa tropa de monos frailecillos (Saimiri sciureus) saltaba de rama en rama siguiendo un grupo menor de machines negros (Cebus apella). Los monos machines, de mayor tamaño, tienen la mandíbula más grande y fuerte, y son capaces de abrir frutos y cogollos a veces de gran dureza. Los frailecillos, también conocidos en la selva sur como “wasitas”, van comiendo las sobras que los machines van dejando a su paso. Es por este motivo que se puede ver a menudo a ambas especies de monos viajando juntas. Se trata de una simbiosis ya que los machines se benefician al contar con más ojos que puedan percatarse de la peligrosa presencia de posibles depredadores como el Águila Harpia (Harpia harpyja). Encuentros de vida silvestre tan espectaculares como éste son muy comunes en la zona del alto Tambopata.

De rato en rato podíamos ver a los caimanes “soleándose” en las orillas al igual que algunas taricayas, tortugas de río de la especie Podocnemis unifilis que se las ve a menudo tomando sol encima de troncos caídos que sobresalen del agua. Agustín, al mando del peque-peque, mantenía en todo momento la misma expresión en su rostro, mientras que Sixto, también poblador de la comunidad Eseeja de Infierno, se esforzaba por enseñarme las aves que veíamos en el camino. A cada momento me pedía mi guía de aves y sin dejar de reírse decía: “Tu libro no vale, el páharo esta mal, su ala no es tan roho.” Sin ánimo de discutir, observaba como nos aproximábamos a la boca de la quebrada que Agustín había elegido para buscar las collpas. El cielo ya comenzaba a teñirse de naranja antes de la puesta del sol, y luego de asegurar bien el bote, Agustín sacó su arco y flecha y dijo: “Aburre el atún, yo me voy a pescar”. Consideramos ese comentario como que ya no caminaríamos ese día y no se oyeron protestas.

Duelo de pescadores
Me senté en las piedras de la orilla a observar a mi nativo amigo que iba descalzo pisando roca por roca con sigiloso paso felino buscando peces boquichicos. A lo lejos, en la quebrada, podía divisar el perfil inconfundible de un Martín Pescador Amazónico (Chloroceryle amazona) perchado en una rama, esperando el momento preciso para capturar a su presa. Me preguntaba quién pescaría primero si el ave o el hombre. Agustín se quedó estático por unos segundos, tensó al máximo la soguilla del arco detalladamente confeccionado con la dura y a la vez flexible chonta de una palmera, y con precisión impresionante disparó la flecha. Luego del exitoso intento corrió por el agua-ya sin tanto paso felino-en busca de su exquisita presa insertada por la saeta. Cuando levanté la mirada, el martín pescador ya no estaba.

Al rato llegó Sixto con un sábalo de unos tres kilos que había pescado con cordel, usando como “empate” (carnada) la carne de una piraña que había sacado previamente con un cordel más chico. Ambos cortaron unas cuantas hojas de bijao (Calathea sp.) para envolver el pescado antes de acomodarlo en la fogata. “¿Te gusta la patarashca?”, me preguntó Sixto mientras yo asentía y me deleitaba con el sabroso pescado, y a la vez batallaba con la innumerable cantidad de espinas. Es increíble la destreza con la que la gente local come boquichico, por un lado de la boca va entrando el pescado y por el otro salen con facilidad las espinas. “La próxima vez vamos a preparar con bambú”, agregó Sixto.

La noche cayó y milagrosamente no había mosquitos, por lo cual podíamos descansar apaciblemente encima de las piedras al lado del río. La oscuridad era armonizada por las curiosas vocalizaciones de algunas lechuzas (Otus watsonii y O. choliba) que se escuchaban a lo lejos, y de vez en cuando interrumpida por los extraños ruidos producidos por los duetos de ratas del bambú (Dactylomys dactylinus). Finalmente caímos rendidos arrullados por el canto de las ranas y de los miles de grillos y saltamontes. A la mañana siguiente, luego de terminar con los restos del pescado de la noche anterior, empezamos a caminar por la quebrada. Luego de varias horas de caminata ya habíamos avistado un par de ronsocos (Hydrochaeris hydrochaeris), una pequeña nutria de río (Lontra longicaudis), varios monos tocones (Callicebus moloch) y pichicos (Saguinus fuscicollis), e incontables especies de aves, destacando los martines pescadores, anhingas (Anhinga anhinga), cormoranes (Phalacrocorax brasilianus), garzas, y por supuesto loros y guacamayos.

Arcilla vital
Agustín se acercó a una pequeña pared de color rojo-plomizo, un poco cubierta por la vegetación, y me dijo tranquilamente: “Mira”. Cuando me acerqué un poco me advirtió: “No vas a tocar el barro, vas a dejar todo tu olor y ya no va a venir animales”. Le hice caso una vez más al sabio Agustín, y con el agua hasta las rodillas me puse a analizar las huellas alrededor de la collpita. Había huellas de sajino (Tayassu pecari) y venado (ambos ungulados), y también de picuro (Agouti paca), un roedor de gran tamaño. Pusimos las carpas y mosquiteros al frente, a una distancia prudente, y los camuflamos con ramas y hojas. Sixto advirtió: “No podemos hacer fogata esta noche, va a espantar al picuro, vas a tener que abrir tu atún nomás”. Luego del delicioso festín de la noche anterior tuvimos que contentarnos con un atún “grated” expirado, en aceite vegetal y sal. Como a la una de la mañana llegó nuestro primer invitado, un hermoso venado colorado (Mazama americana) que, pese a la linterna que lo alumbraba, comió su arcilla tranquilamente. A las dos y media me despertó Agustín para mostrarme un picuro collpeando. Ningún otro animal llegó esa noche.

Todo el día siguiente lo pasamos admirando la naturaleza y disfrutando ese paradisíaco lugar. En la noche observamos una enorme sachavaca (Tapirus terrestris), el mamífero terrestre más grande de la selva. La sachavaca tampoco se inmutó con la luz de la linterna y sumergía de cuando en cuando su larga “trompa” en el barro mojado para consumir grandes bocados. Al rato apareció un sigiloso ronsoco, el roedor más grande del planeta, que aunque pasó cerca no paró a collpear; y como a las cuatro de la mañana nos despertaron dos ruidosas ratas de bambú comiendo arcilla. La última noche vimos nuevamente al venado y a un par de sajinos.

En el medio de la noche cuando me disponía a ir al baño escuché un ruido en el agua (probablemente un caimán de quebrada que saltó al agua asustado al sentirme pasar) que por un instante me hizo desviar la luz de mi linterna. Al segundo, como por instinto, alumbré al frente mío donde una serpiente jergón (Bothrops atrox) aguardaba en posición de ataque. No sé que fue más rápido, si el salto hacia atrás que pegué o los latidos de mi corazón. El ruido que hice despertó a Agustín, quien como adivinando lo sucedido me dijo: “Cuidao no te vaya picar el jergón” mientras que yo seguía sin salir del susto. Al día siguiente regresamos al bote con una torrencial lluvia preguntándonos cuándo iba a ser la siguiente vez en que humanos fueran a regresar a ese lugar tan prístino. La cortina de agua sólo nos permitió ver al regreso a una familia de Gansos del Orinoco (Neochen jubata) en una de las orillas del río, así como a unos cuantos gallinazos remojados. Ya de bajada a Puerto Maldonado pudimos ver a dos cotomonos (Alouatta seniculus) comiendo en una pequeña collpa al lado del río, evento que sorprendió al propio Agustín.

Destino incierto
Existen muy pocos estudios sobre las collpas de mamíferos, por lo que sería ideal promover la investigación científica en estos recónditos rincones de la Amazonía, siempre con mucho cuidado para no perturbarlos y sobretodo con la importantísima participación de la población local. Fue sólo gracias al conocimiento ancestral de nuestros amigos Eseeja, que pudimos en apenas cuatro días observar más fauna de lo que se puede ver a veces en semanas o inclusive meses.

Durante las últimas décadas la presencia del ser humano ha ocasionado que sea muy difícil observar lugares con fauna saludable. En muchos sitios en la selva con suerte uno puede apenas observar uno que otro pichico, así que la experiencia descrita líneas arriba representa de veras un privilegio. Nuestra especie ha intervenido enormemente y de manera poco sostenible los ecosistemas naturales, lo que está diezmando rápida y peligrosamente los recursos naturales. La codicia por la explotación a gran escala de los bosques tropicales-en especial por hidrocarburos-impera por todo el planeta. Las selvas del Tambopata y el Candamo no están libres de presiones externas. Por eso es crítico crear conciencia global para conservar los últimos refugios de vida silvestre que le quedan a nuestra vieja Tierra. Desde aquí ponemos nuestro granito de arena.

8. Caleidoscopio de arcilla: La collpa de guacamayos del río Tambopata, publicado el 24 de junio de 2008

Septiembre 19, 2008 por bloghabitat

Varios meses atrás, Viajeros inició una intensiva y transparente campaña contra la peligrosa explotación de crudo en el Candamo. Las protestas no se hicieron esperar y numerosos artículos fueron llegando uno a uno a la editorial del portal VOL. Como mencioné anteriormente, no es secreto que la demanda de combustibles fósiles se está volviendo cada día más intensa en un planeta sediento de hidrocarburos. Es por esto que a manera de contribuir con mi granito de arena para mantener viva la campaña, aunque ya hayan transcurrido varios meses, les entrego este artículo que escribí hace unos años acerca de un lugar ubicado muy cerca de los bosques de Candamo: la Collpa de Guacamayos del Tampopata.

Nada como un refrescante baño en el río después de una larga jornada de trabajo a casi 40 grados centígrados. El cielo despejado en las casi siempre nubladas cabeceras del Tambopata dejaba al descubierto los hermosos nevados de Puno. Por encima de nosotros cruzaban el río volando varias parejas de coloridos Tucanes de Garganta Blanca (Ramphastos tucanus), batiendo sus alas a intervalos irregulares y con cierto grado de esfuerzo, “cayendo” inevitablemente por un par de segundos debido al inmenso tamaño de sus picos, para nuevamente agitar las alas para ganar altura, y así sucesivamente hasta llegar a “la banda” (el otro lado del río). Delante del cielo multicolor que matiza los últimos minutos del atardecer, apreciábamos también las siluetas de varias Pavas Campanilla (Pipile cumanensis) al vuelo, que a diferencia de los tucanes, dejan de aletear por periodos más largos, y planean hasta alcanzar la orilla de enfrente. Por inercia atinábamos a abrir la boca y tomar toda el agua que podíamos hasta la saciedad, sin preocuparnos mucho puesto que la población más cercana aguas arriba se encuentra a unos 50 kilómetros en línea recta en los bosques montanos puneños.

Salvador “Gallito” Mishaja, poblador Eseeja de la comunidad de Infierno, y también asistente del proyecto de investigación de guacamayos, nos miraba riéndose (siempre se ríe) y nos decía “Uuuuy, han tomado tanta agua que ya no van a querer ir nunca”. Según los indígenas Eseeja, aquel que toma agua del río Tambopata, va a regresar siempre a ese paradisíaco lugar. “Vas a poner tu truza…”, decía Gallito (el acento característico lo dejo a la imaginación del lector) “…sino va a entrar el canero”. Los caneros (Trichomycteridae) son peces parásitos, que supuestamente se introducen sin previo aviso en cavidades oscuras, por lo cual optamos en las subsiguientes oportunidades a hacer caso a la experiencia nativa y a ponernos nuestra respectiva “truza” para no correr riesgos innecesarios por bañarnos en estado natural.

Bandadas multicolores
Hace ya casi 18 años que visité por primera vez la collpa de guacamayos del río Tambopata y la leyenda Eseeja era cierta; regresé y trabajé por muchos años más en ese mágico rincón de la selva sur del Perú. A unos doscientos metros de donde nos bañábamos aquella vez, se encuentra el gran acantilado de arcilla. La collpa esta compuesta de minerales que cada mañana (sin lluvia) atraen hasta 13 especies diferentes de loros y guacamayos que llegan en centenares. Aquel que ha tenido la oportunidad de apreciar “una buena collpa”, nunca va a olvidar semejante espectáculo. Como todo lo bueno implica un sacrificio, la voz de alarma suena a las 4:30 de la madrugada. Todavía a oscuras antes de cruzar el río con la canoa, ya se escuchan a lo lejos los ruidosos aullidos de los coto monos (Alouatta seniculus) que se pueden oír desde distancias incalculables.

El sol antes de aparecer ya anunciaba su salida tiñendo el cielo y las nubes nuevamente con tonalidades rojas y naranjas. Ya ubicados estratégicamente en nuestro privilegiado escondite justo al frente de la collpa, empezábamos a observar con asombro a los loros que llegaban a hacer su “show”. Los primeros en llegar son los loros pequeños, los pericos, las auroras (Amazona sp.) y los guacamayos más pequeños: el Guacamayo de Frente Castaña (Ara severus) y el Guacamayo de Vientre Rojo (Orthopsittaca manilata). Aunque frecuentemente se pueden ver volando pequeñas bandadas del raro Guacamayo de Cabeza Azul (Primolius couloni), rara vez se le ve “collpeando.” Las aves se van congregando en las copas de los árboles mientras que van comenzando a aparecer-volando en pares (o en tríos o cuartetos en el caso de una pareja con una o dos crías)-las especies de guacamayos grandes que habitan la zona: el Guacamayo Azul y Amarillo (Ara ararauna) con sus elegantes plumas que dibujan las líneas negras de su cara y una sutil “barba” negra, el Escarlata (Ara macao) con sus brillantes parches amarillos en las alas, y el más grande de los tres, el Guacamayo Rojo y Verde o “cabezón” (Ara chloropterus) con parches verdes en las alas y un enorme pico. El color de estas espectaculares aves se acentúa aún más con la salida del sol. Lo mismo ocurre con la collpa que se torna súbitamente en un color ocre intenso.

Antiácido natural
Los loros y guacamayos se perchan uno a uno en las ramas de los árboles, y son aves tan “sociables” que a veces pareciera que estuvieran “conversando” unas con otras. Muchos científicos clasifican la “inteligencia” de ciertos psitácidos en el mismo nivel que la de los delfines o chimpancés. Es divertido observar su comportamiento; se “acicalan” entre ellos, emiten ensordecedores sonidos, se cuelgan “pico abajo” de una pata, se “picotean” como jugando, hasta que de un momento a otro los guacamayos pequeños y amazonas empiezan a volar de un lado a otro de la collpa hasta que después de varias “fintas” e intentos bajan al acantilado y comienzan a tomar posiciones. El plumaje verde de las especies pequeñas les permite camuflarse como la vegetación que crece en la collpa. Luego, los guacamayos grandes comienzan a bajar de par en par ya con más confianza a comer arcilla. Existen dos teorías por las que los loros y guacamayos consumen arcilla. La primera, la más aceptada, consiste en que la arcilla contiene sales y minerales que complementan su dieta diaria. La otra sostiene que, dado que los loros y guacamayos consumen frutos y semillas verdes que contienen taninos, utilizan las sales de la collpa a manera de antiácido natural. Los taninos son sustancias tóxicas que producen muchas plantas como una defensa natural para evitar ser consumidas por ciertos animales. No se sabe exactamente la cantidad de taninos que puedan ingerir los loros, pero la collpa podría aminorar los efectos tóxicos. Lo más probable es que los loros consuman la arcilla debido a una combinación de ambas teorías.

El multicolor show no tiene igual. Un caleidoscopio que nos obsequia la naturaleza en uno de sus innumerables caprichos, tanto cuando los loros vuelan como cuando “collpean”. Muchas veces hemos contado entre 70 y 80 guacamayos grandes comiendo collpa a la vez, sin contar los 200 a 300 loros más pequeños. Como los guacamayos pasan la mayor parte del tiempo en los árboles, cuando están en la collpa se encuentran expuestos a ataques de aves rapaces de mayor tamaño como Águilas Harpías (Harpia harpyja), Águilas Crestadas (Morphnus guianensis) o Águilas Ornadas (Spizaetus ornatus). Es por esto que los loros están muy alertas y nerviosos, y al menor grito de alarma salen todos volando a la vez en una explosión incomparable de color.

Para darse una vuelta por ahí…
La collpa de guacamayos está ubicada en el alto río Tambopata en el límite de la Reserva Nacional Tambopata y el Parque Nacional Bahuaja Sonene en el departamento de Madre de Dios. Para llegar hay que volar desde Lima o Cusco a la ciudad de Puerto Maldonado. Luego se navega el Tambopata río arriba en canoa por unas 7 horas con motor grande o, dependiendo de la habilidad del motorista, por unos dos a tres días en “peque-peque” como viajábamos nosotros “a la antigua” durante los inicios del Proyecto de Guacamayos.

No solo los loros y guacamayos consumen la arcilla de la collpa. Otras especies de aves como las pavas y palomas también lo hacen frecuentemente. Del mismo modo, diferentes especies de mamíferos collpean regularmente, pero esa historia la contaré en el próximo artículo de Hábitat.

Para mayor información de cómo visitar la collpa de guacamayos del Tambopata, contactar a la empresa Rainforest Expeditions http://www.perunature.com la que se dedica al ecoturismo en serio en la zona desde principios de los noventa.

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7. Tim Davenport: Una vida dedicada a la conservación del continente africano, publicado el 1 de junio de 2008

Septiembre 19, 2008 por bloghabitat

En agosto del año pasado tuve el gusto de compartir con los cada vez más numerosos lectores de VOL la primicia de la entrega del duodécimo premio Parker-Gentry presentado por el Field Museum de Chicago, el cual galardona a personas que han dedicado su vida a conservar nuestros recursos naturales.

Para los que no leyeron el artículo, reproduzco debajo algunas líneas que describen el premio: “El premio Parker Gentry se estableció para distinguir a aquellas personas, equipos u organizaciones que han dado todo por la conservación de los recursos naturales. El premio se nombró en honor a los prestigiosos científicos naturalistas Alwyn “Al” Gentry, botánico, y Theodore “Ted” Parker III, ornitólogo. Ambos lamentablemente perdieron la vida en un trágico accidente aéreo en las selvas del oeste del Ecuador, mientras perseveraban en su infatigable misión de cultivar el entendimiento de los bosques tropicales.”

El artículo se encuentra en esta misma columna, y pueden acceder siguiendo este link:

http://www.viajerosperu.com/new_habitad.asp?CODI_HABITAD=6

El Parker-Gentry, que entre sus 16 galardonados en sus 12 ediciones anteriores se encuentran siete peruanos, ha sido entregado a 7 biólogos, 6 profesionales de la conservación, 2 abogados y 1 líder indígena (12 hombres y 4 mujeres). Este año, el 13º premio PG le tocó al Dr. Tim Davenport, director de Wildlife Conservation Society (WCS) en Tanzania. Davenport, científico inglés que ha residido en cuatro países de África, ha trabajado en más de 80 localidades naturales del continente. Los frutos cosechados por Davenport y sus colegas han sido precisamente las varias áreas naturales protegidas creadas a raíz de la ardua labor de este entusiasta grupo de conservacionistas.

Kipunji, una nueva especie de mono
Los trabajos de conservación del Dr. Davenport se han centrado principalmente en las alturas del sur de Tanzania. Davenport es padre del Programa de Conservación de las Tierras Altas del Sur (SHCP- Southern Highlands Conservation Program), el cual con sólo un pequeño presupuesto creció hasta contar ahora con 30 colaboradores que forman parte de su equipo permanente, todos ellos oriundos de Tanzania. La visión de SHCP se basa firmemente en tres de los pilares más importantes de la conservación moderna: investigación, manejo de áreas naturales, y trabajo con comunidades humanas locales. El diverso equipo de SHCP ha ayudado a consolidar áreas de gran importancia-como el monte Rungwe, el Kitulo Plateau y los bosques de Mbizi-en el mapa de la conservación africana.

Las evaluaciones de diversidad, biológicas y sociales, son el punto de partida para la conservación de áreas naturales, algo que tenemos bien presente aquí en The Field Museum, ya que acabamos de completar nuestros primeros 20 inventarios rápidos (no se pierdan la edición No. 26 de la revista Viajeros). Un equipo de científicos liderado por Tim Davenport precisamente llevó a cabo los primeros inventarios de biodiversidad en el Mount Rungwe y la vecina localidad de Kitulo. Las evaluaciones arrojaron resultados impresionantes los cuales incluyeron el descubrimiento de una nueva especie de primate: Kipunji (Rungwecebus kipunji). Este hallazgo significó la clasificación de un nuevo género de primate para África, el primero en 83 años. La nueva especie de mono arbóreo fue también la primera en 23 años para este lejano continente. El Kipunji es sumamente raro ya que se cree que sólo existen poco más de 1,000 individuos dentro de su único hábitat conocido: las tierras elevadas del sur de Tanzania.

Esta especie se suma así a las otras 120 especies endémicas de este poco conocido paraje. En las mismas palabras de Davenport: “Este descubrimiento prueba que todavía hay mucho que aprender con respecto a las áreas más remotas y menos conocidas de Tanzania y de todo el continente africano.” El Kipunji afronta numerosas amenazas, las que incluyen la pérdida del hábitat, cacería y extracción maderera. El verdadero reto ahora es tratar de conservar no sólo al Kipunji sino a los bosques que lo albergan.

Durante la premiación, Tim Davenport recalcó que continuará luchando junto a su equipo por la conservación de los bosques altos del sur de Tanzania, para intentar así frenar la creciente deforestación que amenaza con fragmentarlos, hecho que no sólo torna más crítico el estatus del Kipunji, sino también el de otros cientos de especies que habitan este importante ecosistema.

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6. Kuntur: el rey de los Andes, publicado el 27 de marzo de 2008

Septiembre 19, 2008 por bloghabitat

Durante numerosas caminatas por nuestros impresionantes Andes, muchas veces ya casi sin aliento debido a las ralas condiciones atmosféricas de las alturas, he tenido la suerte de ser recompensado con la presencia de los cóndores andinos. Siguiendo el ejemplo de Yuri Mellet decidí “desenterrar” este artículo de las profundidades de una computadora antigua y compartirlo con ustedes, en un intento de ayudar a difundir algunas historias y características acerca de nuestro muchas veces incomprendido Rey de los Andes.

Me encontraba una vez de caminata con un grupo de amigos de la Universidad Agraria por la sierra de Lima cerca del Bosque de Zárate, cuando paramos a descansar bajo el intenso sol de mediodía, bañados en sudor, en la casa de una familia de campesinos. La casa construida con piedras y techo de paja, rodeada de ovejas y cabras, concordaba armoniosamente con el impresionante y escarpado paisaje, ya acariciando los 3 mil metros de altura. El dueño del pequeño rancho nos saludó a la vez que nos invitaba un sabroso pero extremadamente salado queso de cabra el cual tuvimos que “amansar” con un poco de pan. “La sal conserva mejor” nos dijo mientras el fino aire andino nos permitía percibir el característico olor de las hojas de coca que nuestro amigo chacchaba. Cuando nos invitó a pasar a su pequeña casa, a parte del hornito y la cocina de barro al lado de la ruma de “bosta” (estiércol seco de ganado que se usa en vez de leña en muchas regiones de altura), me llamó también la atención una enorme ala negra emplumada que colgaba al lado del horno. Se trataba sin lugar a dudas del ala de una de las aves de mayor envergadura en todo el mundo: el Cóndor Andino (Vultur gryphus). Cuando le pregunté a nuestro anfitrión sobre la historia del ala, medio a la defensiva me respondió: “El cóndor es dañino, se lleva mis ovejas y pa eso le mato”. Esta historia me hizo pensar en que nuestro majestuoso Cóndor Andino es probablemente una de las especies menos comprendidas por las poblaciones rurales del Perú.

¿Rapaces o Cigüeñas?
Luego de la expedición al Bosque de Zárate, he escuchado esta misma historia no solo en muchos otros lugares de la sierra peruana donde he tenido la oportunidad de observar cóndores en estado silvestre como Cajamarca, Puno, Arequipa, Cusco, Huancavelica, el Callejón de Huaylas, etc., sino también en las montañas de Argentina cerca a la Patagonia y en Bolivia. Definitivamente se trata de una creencia universal. El Cóndor de los Andes es una de las siete especies de buitres del Nuevo Mundo (familia Cathartidae), todas las cuales son estrictamente aves carroñeras, es decir, se alimentan exclusivamente de animales muertos. Estas siete especies, entre las que también se encuentran cuatro especies de gallinazos y el Buitre Real (Sarcoramphus papa) de nuestra Amazonía, han sido reclasificadas en los últimos años dentro del orden donde también se encuentran las cigüeñas (Ciconiiformes). Anteriormente los buitres del Nuevo Mundo eran clasificados como Falconiformes (halcones, águilas y gavilanes), pero características como el defecar en las patas para descender la temperatura del cuerpo, así como la falta de plumas en la cabeza, la posición de las fosas nasales en el pico y la carencia de siringe (órgano que permite a las aves cantar), fueron determinantes para dejar en evidencia el parentesco con las cigüeñas. La mayoría de los buitres y cigüeñas emiten sonidos similares a graznidos y carecen del don del canto.

La envergadura de nuestro Cóndor Andino (o “Kuntur” por su nombre en quechua) sobrepasa los tres metros, superando por varios centímetros a su “primo” el críticamente amenazado Cóndor de California (Gymnogyps californianus), siendo ambos superados por el Albatros Errante (Diomedea exulans) de casi 3.50 metros de envergadura. Hace unos años cuando enseñaba ciencias medioambientales en una escuela secundaria acá en Chicago, durante una de mis clases les mostraba a mis alumnos algunas diapositivas para comparar al Cóndor Andino con el de California. Uno de los estudiantes me preguntó que por qué los buitres eran tan “feos” y tenían la cabeza pelada. Le pregunté a mi alumno si sabía lo que los buitres comían y me respondió correctamente: “carroña.” Le expliqué seguidamente que los buitres tienen que introducir la cabeza muchas veces dentro de cadáveres de ciertos animales, a menudo en avanzado estado de descomposición. Mi alumno se dio cuenta inmediatamente de la desventaja que traería para estas aves tener plumas en la cabeza bajo esas condiciones. Hubiera podido también responder a la pregunta usando una sola palabra: “higiene.”

Presa de la injusticia
El Cóndor de los Andes se encuentra lamentablemente en peligro de extinción por varias razones entre las que se encuentran la destrucción de su hábitat natural, así como la cacería sin sentido de esta valiosa especie. Los cóndores no son aves estrictamente andinas ya que a menudo se les ve bajando a la costa a alimentarse de lobos marinos muertos o sus placentas. Leyendo un viejo número de National Geographic de principios de los setenta, me enteré de las atrocidades que sufría el monarca de los cielos andinos por esas épocas. El autor del artículo describía una entrevista que sostuvo con un trabajador de ciertas islas guaneras de nuestra costa, el cual “tenía que matar” por lo menos un par de cóndores por semana para que su jefe, un funcionario del estado de aquellas épocas, “estuviera contento” y no creyera que estaba “haraganeando.” Aunque parezca mentira, la creencia de que los cóndores se comen a las aves guaneras y que “asustan” a las crías todavía existe. El artículo también hace mención a ciertas costumbres andinas antiguas, como las del poblado de Cashapampa, donde se colgaba a los cóndores de cabeza y los jinetes, embriagados en yonque y con las caras pintadas de blanco emulando a los conquistadores españoles, cabalgaban hacia las nobles aves prisioneras a las cuales atestaban fuertes puñetazos en la cabeza hasta matarlas. Es difícil encontrar la lógica cuando se celebran “proezas” de una especie, en contra de otra completamente indefensa. Crueldades como esta se siguen viendo lamentablemente en nuestras serranías y no van a terminar hasta que se incrementen los esfuerzos del gobierno por impulsar más programas de educación ambiental y sensibilización por todo el país. Tenemos en nuestros pintorescos Andes un sinnúmero de hermosas costumbres y tradiciones que son el orgullo de sus pobladores, y es por eso que se debe poner alto a ciertas actividades en las que se pone en ridículo o se maltrata a animales indefensos.

Vuelo magistral
Hace poco tuve la oportunidad de llevar a un grupo de turistas a la zona del Abra Málaga cerca de Ollantaytambo. A la bajada del abra cuando le preguntábamos a un poblador local acerca de la elusiva Becasina de la Puna (Gallinago andina), apareció de pronto la inconfundible silueta de un enorme cóndor que pasó planeando sin esfuerzo por encima de nosotros, aprovechando las corrientes térmicas. El ave pasó tan cerca que se le pudo apreciar a simple vista el elegante collar blanco y la “cresta” o carúnculo, esta última característica no dejó dudas de que se trataba de un macho. También se apreciaba el resplandeciente color blanco de las alas, y ya con los binoculares pudimos observar claramente el color marrón de sus ojos (las hembras tienen los ojos rojos). Las inmensas plumas primarias de las alas dirigidas hacia arriba y el característico vuelo en “V” llevaban casi “flotando” cuesta abajo al majestuoso cóndor que a veces sobrepasa los once kilos de peso. El poblador nos dijo con una sonrisa: “Bonito como vuela el cundur, suavito se va” “¿Y la gente los mata por acá?”, le pregunté. “No,” me respondió, “Que le va a matar la gente si no hace nada…” Estas últimas palabras me devolvieron la esperanza de que la mentalidad y el respeto hacia estas aves podrían estar cambiando.

Para ver a un Cóndor Andino de cerca y en todo su esplendor en estado silvestre, la mejor idea es darse una vuelta por la Cruz del Cóndor por los alrededores del Cañón del Colca en Arequipa. Cada uno de los peruanos debería por lo menos alguna vez en su vida apreciar un cóndor en su hábitat natural, para comprenderlo mejor, y ayudar a protegerlo así para siempre.

5. Salvados por el Sol, publicado el 5 de mayo de 2008

Septiembre 19, 2008 por bloghabitat

En uno de los auditorios del Field Museum proyectaron recientemente un interesante documental de NOVA sobre el uso de energía solar. Aprovechando el Día de la Tierra (22 de abril) decidí compartir la información sobre el documental Salvados por el Sol y sobre la excelente oportunidad que representa transformar los rayos del astro en energía limpia.

La demanda de energía en el mundo-incluyendo la eléctrica-es cada vez más urgente. Ya sabemos que el uso excesivo de combustibles fósiles acarrea inevitablemente el cambio climático. El alto consumo de electricidad está ligado al cada vez más frecuente uso de combustibles fósiles. Al utilizarse estos combustibles en exceso se emiten cantidades enormes de gases invernadero, responsables directos del calentamiento global que amenaza con aceleración preocupante a nuestros ecosistemas naturales. Es por esto que se está haciendo cada vez más popular el uso de la energía solar como suplemento alternativo de energía, y como método de contaminación evitada y, al mismo tiempo, de ahorro de energía (y dinero). Lamentablemente, por el momento, sólo un ínfimo porcentaje de la población mundial utiliza bienes ambientales como el sol y el viento para que camine nuestro pujante planeta. Aunque el uso de paneles solares no es una novedad, la tecnología sí se está poniendo cada vez más novedosa, y lo más importante es que están bajando los costos, lo que permite que más gente pueda acceder a esta fuente de energía amigable con el medio ambiente.

El documental detalla el uso de paneles solares como los de la gigantesca planta Kramer Junction, que con sus más de 4 kilómetros cuadrados de paneles (más grande que el Central Park de Nueva York, o de tamaño similar al complejo arqueológico de Pachacamac) es la de mayor extensión en todo el mundo. Esta planta está ubicada en el desierto Mojave en California (donde el sol reluce durante más de 300 días al año), y puede abastecer de energía a más de 150,000 casas en el área de Los Ángeles, ciudad que tiene uno de los índices de contaminación más elevados del orbe. Nevada Solar One, es una planta similar que se encuentra en el desierto de Nevada muy cerca a una de las ciudades con mayor consumo de energía: Las Vegas. Ambas plantas pueden producir conjuntamente más de 400 megawatts de energía. Salvados por el Sol expone también diferentes sistemas de paneles solares, los cuales se colocan en los techos de las casas para convertir los rayos solares en corriente alterna para el hogar. El mismo Field Museum ya cuenta con paneles solares en el techo para abastecer parte de la energía que utilizamos a diario aquí en el inmenso museo. Muchos de estos paneles son costosos pero algunos gobiernos ya han empezado a subvencionar parte de los costos si las familias interesadas corren también con su parte. Uno de los productos más novedosos es la “pintura solar”. Imagínense pintar el techo de sus casas con una pintura que pueda convertirse en energía. Bueno, esta pintura-la cual todavía está en estudio-podría funcionar tan eficientemente como los paneles solares y generar energía para casas y negocios, pero a un costo mucho menor.

Aunque todavía es prematuro prever el uso a corto plazo de paneles a gran escala en nuestro país, no es iluso imaginarse grandes extensiones áridas, tanto en los desiertos de la costa como en las zonas altiplánicas del Perú, utilizando en el futuro los rayos del sol para producir la tan ansiada energía eléctrica. Obviamente estas zonas por más desérticas que parezcan son ecosistemas importantes así que se tendrían que realizar minuciosos estudios de impacto ambiental antes de construir las plantas. Ya he sido testigo del uso de paneles solares en algunas comunidades Secoya del Putumayo y también en comunidades Cofan en el Aguarico en Ecuador. ¡Funcionan! Aunque es imperativo hacer un seguimiento del funcionamiento y mantenimiento de estos aparatos, estas poblaciones indígenas ya se han dado cuenta de que se puede prescindir del combustible para generar energía.

El excelente documental Salvados por el Sol fue presentado por la cadena PBS el jueves 24 de abril. Para mayor información ir a la siguiente página Web:
http://www.pbs.org/wgbh/nova/solar/

Aunque la creación del Día de la Tierra representa una buena iniciativa simbólica, los seres humanos tenemos que tener la suficiente responsabilidad para entender que la conmemoración de esta fecha no es sólo el 22 de abril, sino todos los días del año.